Y en mis noches de soledad aún sigo necesitando a alguien que escuche esos silencios, esos que gritan dolor con la boca cerrada y los ojos rodeados de lágrimas. Sigo necesitando a alguien, aunque sea en una llamada, aunque este a miles de kilómetros. Sigo necesitado a alguien que esté dispuesto a no dejar que me sienta sola.
Y esa noche era como si todo se fuera al carajo. Como si mis pensamientos se juntaran a decidir mi futuro al aventón.
Mi cabeza era un desastre catastrófico y mi cuello no podía más, sentía que me iba a romper en cualquier momento y que todo por fin se acabaría, que podría por fin saldar todas mis deudas de una vez por todas.
Entonces, recordé los rostros de mi fantasma; mil caras tristes me rodeaban como si me vigilaran. Puse más presión en mi cuello para no pensar en nada, no arrepentirme, no retractarme, no regresar.
Estaba perdiendo la noción del tiempo y de la vida. Comencé a ver borroso y a sentir pesado mis hombros, mi cabeza y mis párpados. Por fin cerré los ojos y sentí un alivio inmenso por poder descansar como quería, por poder dejar el cuarto desarreglado y jamás tener que levantarlo.
Fué entonces cuando pararon mi tren de ida sin retorno.
Me quitaron el peso, me agitaron bruscamente, me cachetearon y volví. Me bajaron a trompadas del vagón en el que iba, dejándolo todo, abandonando todo el desastre que había dejado.